El hombre, enemigo de la vida
Domingo 11 de Junio de 2006

http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/enfoques/nota.asp?nota_id=813317

Al parecer, hace 250 millones de años habría tenido lugar la mayor extinción masiva del planeta. Se estima que, por entonces, desaparecieron el 70% de las especies terrestres y el 90% de las marinas. La catástrofe habría ocurrido a consecuencia del impacto de un meteorito gigante aún mayor que aquél que, tiempo después, provocó la desaparición de los dinosaurios. Las huellas de semejante impacto fueron localizadas por un equipo internacional de investigadores, en el subsuelo de la Antártida, con la ayuda de imágenes satelitales de la Agencia Espacial de los Estados Unidos. Según los expertos, el choque provocó un cráter de 480 kilómetros de ancho.

Si bien sería aventurado descartar de plano una nueva colisión de esta índole, es decir, nacida del impacto de un inmenso cuerpo estelar contra la Tierra, lo temible -en los tiempos que corren y en lo que atañe a una posible destrucción generalizada de la vida- no son ya los meteoritos sino los brutales cambios climáticos que resultan de los abusos a los que el planeta se ve sometido por el hombre. Porque es el hombre quien hoy encarna su mayor amenaza.

Parecieran inútiles las reiteradas advertencias de los organismos competentes sobre los riesgos que acarrea el calentamiento global. LA NACIÓN se preguntaba unos meses atrás (editorial del 6 de febrero del año en curso) "¿Por qué un problema que compromete la vida de las generaciones futuras no promueve las acciones necesarias en el mundo?" La respuesta no es sencilla pero quien se atreva a esbozarla no podrá desconocer que aún más anchas y más hondas que el cráter provocado por el meteorito referido son la insensibilidad y la ignorancia con que hoy se despliega el afán de poder. Se trata, como es evidente, de una auténtica patología social.

Si bien por el momento las regiones de América latina y el Caribe son las más castigadas por los trastornos climáticos, a pesar de ser, en proporción, las que emiten menos gases de efecto invernadero, recae sobre los países más industrializados la principal responsabilidad por el creciente deterioro del medio ambiente. Es decir que allí donde, en tantos aspectos, el desarrollo se presenta más afianzado, es donde más consolidado aparece, a la vez, el desprecio por la vida. Singular paradoja que acaso ya no sorprenda a nadie pero que exige respuestas contundentes por parte de quienes tienen conciencia del peligro mortal que acarrea el desarrollo sin responsabilidad ambiental.

Tanto la Oficina Meteorológica del Reino Unido como el Instituto para la Investigación del Impacto Climático, de Postdam, Alemania, han detallado, con escalofriante precisión, los peligros del aumento de la temperatura planetaria. Flora, fauna, recursos hídricos, agricultura: todo indica cada vez más hasta dónde llega la siniestra cosecha de la destrucción sembrada. El mencionado instituto alemán advierte que "si el calentamiento general de la atmósfera llegase a superar en dos grados sus marcas actuales podría producir un terrible cuadro de colapso en los ecosistemas, la destrucción de la biodiversidad, hambrunas, escasez de agua potable y daños económicos severísimos."

Los Estados Unidos son el país que ocupa el primer lugar como emisor de gases que deterioran el clima. Le sigue otra nación por muchos admirada como una de las que más progresan en el mundo: China. Ambos estados se han resistido hasta ahora a la ratificación del Protocolo de Kyoto. Si esto es así, ¿qué significa desarrollo? ¿Qué calidad de liderazgo mundial cabe esperar por parte de quienes promueven sin vacilar el menoscabo de la integridad planetaria? Si la defensa de los intereses económicos propios justifica la devastación de la Tierra es porque el sentido común ha desaparecido del campo político. Se trata de un contrasentido que no hace sino evidenciar el extravío espiritual de una época que parece empeñada en ir más allá de Auschwitz e Hiroshima.

Como ha escrito Bruno Latour, antropólogo sobresaliente, los dilemas ecológicos "nos obligan a repensar la ciencia y la política al mismo tiempo". Y no es para menos. La violencia ejercida sobre el medio ambiente prueba hasta dónde ha llegado el extravío espiritual de nuestra especie.

Santiago Kovadloff

 


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