Vuelos sobrevendidos, congestión de autobuses y vehículos particulares, colas interminables, senderos que han quedado estrechos y -para qué negarlo- sanitarios pestilentes. Día tras día, los sitios naturales de mayor belleza van transformándose en el telón de fondo de un grotesco escenario donde miles de visitantes compran recuerdos, digitalizan el entorno y regresan a sus casas, apurados. Se trata mucho más de haber estado que de entender lo que se vio.
En una sociedad con escasa actitud contemplativa, donde el ciudadano ha sido reemplazado por el consumidor, tal vez resulte lógico que esto ocurra. Así se va perdiendo la noción del paisaje como espectáculo íntimo y se multiplica la imagen del viajero que lo ve todo desde la ventana del autobús o a través del lente de su cámara.
El turismo masivo en áreas naturales, un fenómeno reconocido en otras latitudes pero nuevo en la Argentina, nos obliga a reflexionar acerca de las políticas para prevenir sus consecuencias negativas. Entre ellas, la brecha indiscutible que existe entre el placer buscado en algunas áreas protegidas y el que efectivamente se obtiene. ¿Hasta dónde puede incrementarse la invasión turística sin defraudar las expectativas generadas?
De seguir aumentando la afluencia del público, en muy poco tiempo el glaciar Perito Moreno se convertirá en un recorrido vulgar, invadido por una muchedumbre, donde la escena silenciosa será inaccesible. ¿Preservará su carácter hipnótico? ¿Seguirá brindando su fosforescencia azul? ¿Se percibirá la quebradura de un trueno en sordina que brota desde el interior del hielo?
En las salvajes cataratas del Iguazú, icono de desbordante sensualidad, rebasan las pasarelas. ¿Hasta qué punto resulta sustentable alentar ese desfile incesante de gente que repite el rito de ametrallar la Garganta del Diablo con sus máquinas fotográficas?
¿Cuántas embarcaciones más podrán correr detrás del resoplido de las ballenas en Puerto Pirámides? Y en los plácidos esteros de Iberá, ¿cuántos botes más podrán acercarse a disfrutar en forma simultánea de la apática altanería de los yacarés?
¿Cuál es el límite? ¿Quién puede establecerlo?
Patrimonio de la Humanidad
Las áreas declaradas Patrimonio de la Humanidad -como la mayoría de las mencionadas- son sitios que ostentan un valor universal excepcional desde el punto de vista de la conservación o la belleza. Sin embargo, en ocasiones, esta calificación se asemeja más a un galardón de nivel terciario que codician algunos audaces responsables de las áreas de turismo y que, una vez conseguido, parece estar destinado a un objetivo único: ubicar el máximo número de individuos en el menor espacio posible.
Quizá sería más conveniente que no hubiese tantos sitios declarados Patrimonio de la Humanidad, ya que a menudo suelen olvidarse los motivos que fundamentaron tal declaración. En el desesperado camino hacia un supuesto desarrollo turístico de la zona, se pierde el rumbo y, en vez de encarar acciones orientadas a preservar dicha calificación, se la desvaloriza. No sería extraño que en breve existiera una clasificación para diferenciar entre "Patrimonios" de primero y de segundo rango. Al mismo tiempo, son muchos los viajeros que comienzan a hartarse de los lugares que no ofrecen sus atractivos esenciales: la intimidad, la autenticidad. Basta imaginar un concierto de música barroca en un teatro con capacidad para mil asistentes cuyo organizador ha decidido permitir el ingreso de tres mil o diez mil espectadores. ¿Regresarían los fanáticos del género a semejante teatro?
Lo peor es que, siendo tan exiguas las áreas protegidas -en nuestro país totalizan apenas el 5% del territorio-, los más perjudicados serán quienes carezcan de medios para contemplar otras alternativas. Es cierto que, por un tiempo más, habrá otros lugares maravillosos para regocijarse en este planeta, sólo que para muchos quedarán demasiado lejos.
En un período dominado por el paradigma del entretenimiento, ser testigo de las huellas del pasado o de la desbordante diversidad no constituye un objetivo prioritario. De allí el riesgo de convertir algunas áreas naturales en parques de diversiones en medio de la naturaleza.
Tal vez no haya una verdadera sensibilidad para advertir la magnitud del interés que está en juego: las políticas preventivas -capaces de impedir la degradación definitiva de un lugar- sólo pueden surgir de una educación con sentido de mediano o largo plazo. Al ser hoy preponderante la sensibilidad de coyuntura, toda propuesta preventiva que intenta anticiparse parece ajena a la realidad. También es probable que la subestimación de estos problemas sea la consecuencia inevitable de un pensamiento que no sabe más que moverse en el interés puramente pragmático de las actividades que producen una zrentabilidad inmediata.
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Impacto sobre las comunidades
No resulta independiente el atropellado desarrollo que experimentan las localidades cercanas a los sitios turísticos. Es un proceso habitual en América latina, una región que no oculta su avidez por obtener recursos a corto plazo, donde se fomenta un "desarrollo turístico" proyectado más en función de los inversores que del entorno.
La experiencia muestra abundantes ejemplos donde se produce una invasión de oportunistas que se instalan en el lugar y desarrollan -de modo paradójico- una actitud poco amistosa con los recién llegados: intentan cobrar servicios por encima de las tarifas habituales y no disimulan un aura de exploradores fundacionales, como si el hecho de ser más o menos vecino a un espectáculo natural otorgara más derechos y menos obligaciones a la hora de resguardar las características del lugar.
La falta de un plan de crecimiento genera una proliferación de estilos y el paisaje queda cautivo de una maraña de carteles, quioscos, cables y regaderos de residuos que parecen haber cobrado vida y recorren el área según el capricho de los vientos. Aunque resulte penoso, es necesario asumir que la ausencia de planificación es una expresión de miseria.
Lamentablemente, muchos operadores y funcionarios con limitados conocimientos de esta problemática tienden a subestimar el impacto ambiental de la intensa actividad turística y sólo perciben las ventajas y no los peligros que ocasiona.
En un mercado en apariencia ilimitado, esta carencia produce la vulgarización y el colapso de los recursos (escénicos, naturales, culturales, etcétera), que han sido devastados por la abrumadora presencia de personas o por una infraestructura desprovista de valores estéticos, que no guarda relación física o cultural con el entorno.
La exigencia actual es, sin duda, de una complejidad extraordinaria: las políticas orientadas a impedir la degradación progresiva de los espacios naturales sólo pueden surgir de un criterio que sepa valorar el largo plazo. Sin embargo, el actual umbral de percepción es tan bajo, que este tipo de dilemas escapan a muchos que, empalagados por el aluvión de visitantes, olvidan sus responsabilidades en el tema y consienten una versión fosilizada del proceso de planificación.
No caben dudas de que el turismo puede constituirse en una herramienta valiosa, no sólo para la acumulación de divisas, sino también para la conservación de áreas con riqueza biológica o de valores paisajísticos únicos. Puede funcionar incluso como un instrumento idóneo para preservar la identidad de múltiples culturas y lugares de nuestro país. Pero sin planeamiento ni políticas preventivas consistentes, puede convertirse en la aplanadora de la historia, capaz de transformar el paraíso turístico que es nuestro país en algo que recordará a los restos de un viejo mueble de estilo rescatado de un incendio.
Por Luis Castelli
Para LA NACION |