Cuando visitamos un lugar y quedamos maravillados por su paisaje, surge invariablemente el deseo de que perdure, de que no sea interrumpido, fragmentado por carteles, cables o edificaciones que conducen inexorablemente a una ruptura de la armonía con la naturaleza circundante. Uno se reconforta al saber que aún no han llegado las cadenas de hamburgueserías y marcas a igualarlo todo, a vulgarizarlo, escudadas en un universalismo cultural que propone consumir el mismo producto en cualquier parte del mundo y que, en definitiva, destruye el valor más importante de un patrimonio: su autenticidad.
Pienso en la Argentina, en este vasto escenario que componen sus múltiples paisajes, en los innumerables pueblitos que aparecen en medio de una naturaleza de tierras desnudas y calcinadas, pero habitadas por gente todavía riente, acogedora. Y entonces viene a mí la visión de una Argentina posible, que valorice su lugar y, al mismo tiempo, se valorice a sí misma. Una Argentina que se repiense de una buena vez y descubra que todos sus atractivos naturales y culturales constituyen una importantísima fuente de recursos para un turismo responsable.
El turismo se ha convertido en una de las industrias más poderosas del mundo. Ofrece millones de puestos de trabajo, genera un capital superior al 10 por ciento del producto bruto mundial y, en particular, el turismo en lugares de naturaleza posee un índice de crecimiento del 25 por ciento anual.
Es cierto que el turismo convencional constituye una de las causas más importantes del deterioro natural y cultural de muchas áreas, especialmente cuando no hay una planificación adecuada o se desconoce el verdadero atractivo de la zona. Algo similar ocurre cuando se desarrollan proyectos de infraestructura turística que no guardan una relación armónica con el entorno natural y, por ejemplo, un vasto museo de arquitectura colonial termina siendo reemplazado por una edificación pretenciosa, una pesadilla de cemento armado que viene a afear un conjunto armonioso de casas y le quita su esencia.
Patrimonio natural y cultural
El ecoturismo, muchas veces confundido con el turismo de deportes en espacios naturales, responde a principios diferentes. En primer término, contribuye a la conservación de áreas de especial riqueza natural o cultural, minimizando los impactos negativos. Fomenta, además, una actitud responsable por parte de la industria y de los turistas, e involucra a la comunidad local en la planificación y en la distribución de los beneficios de la actividad. Por otra parte, teniendo en cuenta que los fondos gubernamentales para la administración de las áreas protegidas están disminuyendo en muchos países, el ecoturismo se presenta como una oportunidad para generar nuevas formas de obtener ganancias, mediante el cobro de entradas, concesiones al sector privado o mediante diferentes tipos de donaciones. Esos nuevos fondos deben destinarse al manejo de las áreas, y no a las insaciables arcas del Estado, de modo de evitar los daños que el turismo puede provocar y contribuir a la aplicación de medidas que mejoren la calidad del entorno.
Los paisajes son fuente de inspiración, recreación y turismo para residentes y visitantes, y resultan, sin duda, esenciales para el sentido de identidad de un determinado lugar.
¿Quién dudaría en reconocer la quebrada de Humahuaca con sus cerros hechos de pedazos de tiza, de guijarros de colores? ¿Quién sería capaz de no soñar frente a la imagen de la mágica península Valdés o de las playas infinitamente azules de El Doradillo? ¿Quién no se siente tentado a dejarse llevar por las aguas de un río de cristal verde como el Bermejo o a internarse en las increíbles yungas que lo abrazan? ¿Con qué otro sitio podríamos confundir la desbordante fauna y flora de los esteros del Iberá, el monumental glaciar Perito Moreno, la exuberante selva misionera y el incesante alarido del Iguazú saltando al vacío de la Garganta del Diablo? ¿Qué puede compararse con la quietud mineral del Valle de la Luna o los gigantescos paredones de Talampaya? ¿Cómo no reconocer la inmensidad circular de la pampa argentina y su horizonte inabarcable? ¿Cómo olvidar aquella manada de guanacos de pelambre roja en la áspera estepa patagónica, o las costas de Tierra del Fuego, con sus lengas encendidas por el otoño? ¿Cómo no sentir que el alma se eleva ante las descomunales montañas, cerros y sierras de nuestra geografía? ¿Quién pudo no soñar un mundo color turquesa después de ver pasar el río La Leona? ¿Cómo no sentirse halagado por esa infinita belleza y por el privilegio de tener una escenografía tan vasta que recorre desde la estoica Puna hasta las heladas llanuras de la Antártida?. |
Lamentablemente, esos lugares padecen, a menudo, una planificación inadecuada o insuficiente, muchas veces disimulada por la distancia que los ha separado de algún aeropuerto importante. Sin embargo, los motivos que mantuvieron esa actividad turística en baja escala han ido cambiando y el volumen de visitas se ha incrementado rápidamente, lo que ha provocado una notable presión sobre nuestros recursos más valiosos. A esto se suma la frecuente promoción de emprendimientos de infraestructura -tales como represas, torres de alta tensión, explotaciones agrícolas, petroleras o mineras- que ponen en peligro áreas de una gran calidad escénica, de interés científico o de valor recreativo, sin considerar, en los estudios de impacto ambiental, las pérdidas en términos de cultura, de naturaleza y, consecuentemente, de recursos ecoturísticos. Si esos aspectos no se analizan exhaustivamente, los resultados pueden ser decepcionantes, al punto de degradar un lugar maravilloso.
Los paisajes soñados
Creo tener suficientes razones para promover una visión que nos identifique como una tierra de extraordinaria belleza natural. Dicho en otras palabras, una Argentina que sea uno de esos lugares que con sólo nombrarlos dan ganas de conocerlos, de adentrarse en sus costumbres, de conocer sus paisajes y su gente.
Es cierto que nuestras virtudes y riquezas han justificado muchas veces una actitud poco esforzada, desaprensiva y quizá superficial, que con el correr de los años sabe más a incompetencia que a espontaneidad. Es hora de abandonarla y sobran las razones para cambiar. De alguna manera estamos, increíblemente, ante una nueva oportunidad para salir de esa patética posición de mendigos que tan mal nos queda. La protección de nuestro patrimonio natural depende de una rigurosa planificación a largo plazo y de un gran esfuerzo de capacitación, a fin de que quienes visiten y experimenten las áreas de interés turístico impulsen el desarrollo de la economía local, aliviando muchas veces la extrema pobreza de sus habitantes, sin perjudicar sus valores sociales, económicos y culturales.
Si la actividad turística se desarrolla en un marco de respeto por la naturaleza y se ajusta a la capacidad de ocupación de los distintos lugares, se convierte en una herramienta capaz de transformarse en un incentivo para la conservación de áreas con riqueza biológica o con valores paisajísticos únicos. Incluso contribuye a preservar las múltiples identidades nacionales, dentro de un proceso de globalización que, en su afán de igualarlo todo, sacrifica la valiosa diversidad.
En consecuencia, resulta imperioso contar con una política basada en el pensamiento de lo que podría ser la Argentina bajo esta nueva mirada, y por tal motivo esa política no debe depender de ningún partido, de ningún puesto. Se están jugando nuestra esencia, nuestros valores, y la función del Estado debe ser la de convocarnos a todos para sentar las bases que permitan alcanzar el sueño de una Argentina deseada, una Argentina de paisajes.
Por Luis Castelli
Para LA NACION |